Cuando todo cambia para seguir igual
Si hay algo que no me canso de repetir en cursos y charlas es que el factor principal que motiva a los usuarios a utilizar un sitio o servicio web es sencillamente su utilidad, es decir, el beneficio o provecho que obtiene de usarlo. La usabilidad (creo recordar que era Dillon quien lo decía) no es más que el grado en el que el usuario puede explotar dicha utilidad. Por eso utilidad y usabilidad se llevan tan bien, y una no tiene sentido sin la otra.
Con la denominada web 2.0 han surgido (o mejor, la web 2.0 surge a partir de) multitud de servicios y productos web con una utilidad potenciada, principalmente porque comunicarse, participar y colaborar son necesidades humanas básicas. Sin embargo también han llegado los monstruos 2.0. Sitios web que incluyen mil nuevos efectos javascript (como previsualizaciones dinámicas de la página destino), tagclouds sin sentido, cien botones diferentes para agregar el sitio a sistemas de bookmarking o lectores de feeds, vídeos incrustados para mostrar contenidos sin valor, ventanitas para chatear directamente con el webmaster, otros tantos botones con símbolos o siglas indescifrables para la mayoría de mortales… y la muerte del logo sin reflejo.
Me recuerdan demasiado a aquellas web 1.0, con botones flash, applets de java para mostrar relojes de agujas, o efectos javascript siguiendo el movimiento del puntero del ratón.
En conclusión. Si vas a incluir algún ‘efecto’ 2.0 en tu sitio, asegúrate que resulta de utilidad para alguien, y que no añade más ruido visual, tiempo de descarga de la página o carga cognitiva para tus usuarios.