He disfrutado leyendo «La utilidad de lo inútil» de Nuccio Ordine, un alegato contra el desprecio a toda actividad no dirigida hacia un beneficio directo y práctico. Esa visión utilitarista parece ignorar que lo realmente importante – como el arte, la filosofía o la ciencia básica – no es útil, y de serlo se trataría de un efecto colateral, ya que no es la búsqueda de utilidad la que lleva a un descubrimiento científico o a componer una sinfonía, sino la más profunda curiosidad intelectual y creativa.

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Ahora que tanta preocupación despierta el rumbo de nuestra profesión, no puedo evitar pensar que uno de los principales problemas que enfrentamos es que está siendo engullida por un utilitarismo creciente.

No parece haber otros motivos para compartir conocimiento que su directa rentabilización o su uso, más o menos velado, con fines promocionales.

No escribimos pensando en persuadir e inspirar, sino en dar respuesta a consultas de buscador.

No hay artículo que no nos prometa las 10 herramientas, los 5 principios o los 7 consejos con los que resolveremos todos nuestros problemas sin necesidad de pensar.

La apropiación de ideas ajenas de quien evita referenciar a alguien más que a sí mismo, no provoca el más mínimo rubor.

Parece que hemos olvidado que hacer comunidad no significa atesorar audiencia, o que popularidad y reputación no son conceptos intercambiables.